No es una cuestión de peso, de cánones de belleza más o menos en boga, o de sex-appeal, es más bien una cuestión de salud mental y de equilibrio interior. Como el vuelo de la libélula, es la fortaleza de una fragilidad solo aparente, el eterno femenino, la implacable persistencia de una sensibilidad que jamás se rinde al desaliento.
Es la etérea versatilidad, la vulnerabilidad, la capacidad de comprender, de aprehender lo inaprensible. Es la empatía de lo que se sabe eterno y perdurable, la inmensa resiliencia del Ave Fénix que renace de sus propias cenizas.
Y es que muchas veces es en nuestra debilidad dónde reside nuestra fortaleza. Como el boxeador que sabedor de que su punto fuerte no es la fuerza aprende a esquivar los golpes y a aprovechar el momento oportuno, para jugar con los defectos de su enemigo volviéndolos en su contra.
Acostumbradas a ser rehenes en una vieja sociedad machista, endurecidas por el entrenamiento de la vida diaria, que otros evaden silenciosamente deslizando sus responsabilidades en sus manos, las mujeres tenemos otro modo de ver la vida.
Alimentadas por la convicción de lo que es justo, razonable y no necesariamente agresivo. Conocedoras de que la compasión y la esperanza no son debilidades, sino curas mágicas que disuelven el odio que corroe venenoso a los que no creen en ellas. Sabedoras de la vulnerabilidad (incluso física), que aunque ellos se esfuercen en esconder con premura, aún arrastran sus compañeros masculinos de viaje.
La aparente fragilidad de una mujer, esconde un alma dura, transparente y valiosa como el diamante. Flexibles como el bambú que se dobla al viento para luego volver a levantarse. Refugio de almas cansadas, con una palabra siempre a punto para el ánimo, con un gesto siempre a mano para combatir el desaliento.
Poderosas con el poder legítimo que otorga la competencia, la paciencia, la constancia y la capacidad inagotable de seguir luchando. Amigas, madres, hermanas, a las que siempre se puede recurrir en las horas bajas. Aquellas a las que el tiempo no envejece, por que cada arruga no es sino sabiduría, comprensión y serenidad acumuladas.
Vosotras que sabéis mirar al mundo con otros ojos, con la bondad con que se contemplan las travesuras de la infancia, con la infinita justicia con que os gustaría obsequiar a vuestros hijos. Que os vestís con la armadura del más templado acero para la lucha diaria, y aún así conserváis intacto bajo ella, sin arruga y sin mácula el traje de seda de vuestra ternura.
Como me gustaría poder elevar vuestras súplicas a un tribunal de suprema justicia. A uno que oyera de verdad el llanto de débiles y desprotegidos, a uno que repartiera con equidad los recursos, atendiendo a méritos y capacidades reales… Y es que en éste mundo que a veces parece tan dejado de la mano de Dios padre, yo desearía que éste nos mirara de vez en cuando con ojos de madre, con mirada de mujer.
Es la etérea versatilidad, la vulnerabilidad, la capacidad de comprender, de aprehender lo inaprensible. Es la empatía de lo que se sabe eterno y perdurable, la inmensa resiliencia del Ave Fénix que renace de sus propias cenizas.
Y es que muchas veces es en nuestra debilidad dónde reside nuestra fortaleza. Como el boxeador que sabedor de que su punto fuerte no es la fuerza aprende a esquivar los golpes y a aprovechar el momento oportuno, para jugar con los defectos de su enemigo volviéndolos en su contra.
Acostumbradas a ser rehenes en una vieja sociedad machista, endurecidas por el entrenamiento de la vida diaria, que otros evaden silenciosamente deslizando sus responsabilidades en sus manos, las mujeres tenemos otro modo de ver la vida.
Alimentadas por la convicción de lo que es justo, razonable y no necesariamente agresivo. Conocedoras de que la compasión y la esperanza no son debilidades, sino curas mágicas que disuelven el odio que corroe venenoso a los que no creen en ellas. Sabedoras de la vulnerabilidad (incluso física), que aunque ellos se esfuercen en esconder con premura, aún arrastran sus compañeros masculinos de viaje.
La aparente fragilidad de una mujer, esconde un alma dura, transparente y valiosa como el diamante. Flexibles como el bambú que se dobla al viento para luego volver a levantarse. Refugio de almas cansadas, con una palabra siempre a punto para el ánimo, con un gesto siempre a mano para combatir el desaliento.
Poderosas con el poder legítimo que otorga la competencia, la paciencia, la constancia y la capacidad inagotable de seguir luchando. Amigas, madres, hermanas, a las que siempre se puede recurrir en las horas bajas. Aquellas a las que el tiempo no envejece, por que cada arruga no es sino sabiduría, comprensión y serenidad acumuladas.
Vosotras que sabéis mirar al mundo con otros ojos, con la bondad con que se contemplan las travesuras de la infancia, con la infinita justicia con que os gustaría obsequiar a vuestros hijos. Que os vestís con la armadura del más templado acero para la lucha diaria, y aún así conserváis intacto bajo ella, sin arruga y sin mácula el traje de seda de vuestra ternura.
Como me gustaría poder elevar vuestras súplicas a un tribunal de suprema justicia. A uno que oyera de verdad el llanto de débiles y desprotegidos, a uno que repartiera con equidad los recursos, atendiendo a méritos y capacidades reales… Y es que en éste mundo que a veces parece tan dejado de la mano de Dios padre, yo desearía que éste nos mirara de vez en cuando con ojos de madre, con mirada de mujer.

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