Él estaba sentado escribiendo; la mirada sobre el papel, los últimos rayos de sol entraban a través de la ventana.
Estaba cansado e inspiró profundamente. En el aire reconfortante percibió, de pronto, la dulzura de lo etéreo, una atrayente sensualidad, un cierto halo de misterio inalcanzable… Aspiró el intenso perfume y levantó sus ojos hacia ella.
Iluminada por la dorada luz del sol poniente ella sonrió, tendió la mano y le entregó un papel. El ladeó la cabeza, la miró y abrió la boca para decir algo. Ella se llevó la yema de su dedo índice a los labios en un ambiguo gesto entre el silencio y el beso y susurró: -¡Sólo léelo!
El creyó haber visto un ángel. Tuvo la sensación de estar soñando. Le pareció ver la voluptuosa estela del perfume bañado por la dorada luz del sol tras el insinuante vaivén de sus movimientos al alejarse.
El papel en sus manos olía dulce, sensual y misterioso como ella. Lo asió con fuerza como si temiera perder lo único real que le quedaba de aquel mágico momento. Lo abrió y lo leyó. Las palabras envueltas en perfume hablaban de esperanza, de amor, de comunicación, de sentimientos que no pueden ser descritos con palabras…, hablaban de música, hablaban con el corazón.
Con el paso del tiempo la memoria se fue haciendo difusa, borrosa. El papel con su perfume guardaba el recuerdo como la neblina de un sueño.
Llegó y pasó el verano. El calor cedió el paso al otoño. Las hojas cubriendo las aceras y el papel sobre la mesa de trabajo de él, desgastado por la lectura pero intacto aún en su fragante olor.
Halloween, noche mágica. Tras la pared acristalada de su despacho él contempla el reflejo de la luna llena en las aguas del río. El papel en la mano, la mirada perdida, el aroma perenne en el recuerdo…
Se viste con desgana, como si en algún recóndito lugar de su mente un inmenso vacío no pudiera llenarse. Sale a la calle, camina pensativo. La gente a su paso le saluda con los más extraños atuendos y el espíritu de fiesta.
Brujas, vampiros y hombres lobo… ángeles, princesas y demonios le llueven por el camino a su corazón triste y cansado.
Sigue andando sin sospechar el destino que le aguarda. El frío en el rostro, el corazón al cálido resguardo de un recuerdo ya lejano.
Sube las escaleras. Entra en el salón. Monstruos con serpentinas y confeti le reciben con risas y muecas. Saluda, sonríe y habla, con una parte de su mente perdida en brumosos pensamientos…
El recuerdo dulce en su memoria le lleva escaleras arriba. No, no es el recuerdo. Abre los ojos llenando sus pulmones de nueva vida en una profunda inspiración.
¡Está aquí! Su paso se aligera al ritmo de su corazón. Entre la purpurina y las guirnaldas percibe de nuevo el halo dorado del misterio. Lo sigue…
Dobla una esquina y luego otra. Mira con ansiedad. Aún no la ve.
Su respiración se hace intensa, como el olor y el sentimiento.
Y en ese instante lo sabe. Fija por un segundo la mirada enfrente, como temiendo una desilusión. Luego se gira lentamente, sonriendo. Entre velos y alas blancas, vaporosa, casi etérea, una visión.
Ella le mira, ladea la cabeza y le sonríe.
- Conoces mi secreto…
Se inclina para susurrarle al oído.
- No se lo digas a nadie.
- Las palabras no bastan, no hay palabras.
Ella asiente recostando la cabeza en su hombro.
- Pero tú trabajas con palabras…
- Porque no puedo trabajar sólo con almas…
La sangre palpitante de su cuello intensifica el hechizo embriagador de su perfume.
La toma entre sus brazos, se miran a los ojos.
- Dime, ¿tienen sexo los ángeles?
Ella sonríe bajando la mirada por un instante. Luego brillantes, luminosos, los ojos en los ojos…
- Dímelo tú.
Abrazados, fundidas las miradas, la promesa en el aire, dos almas, un mismo sentimiento, una pasión.
Estaba cansado e inspiró profundamente. En el aire reconfortante percibió, de pronto, la dulzura de lo etéreo, una atrayente sensualidad, un cierto halo de misterio inalcanzable… Aspiró el intenso perfume y levantó sus ojos hacia ella.
Iluminada por la dorada luz del sol poniente ella sonrió, tendió la mano y le entregó un papel. El ladeó la cabeza, la miró y abrió la boca para decir algo. Ella se llevó la yema de su dedo índice a los labios en un ambiguo gesto entre el silencio y el beso y susurró: -¡Sólo léelo!
El creyó haber visto un ángel. Tuvo la sensación de estar soñando. Le pareció ver la voluptuosa estela del perfume bañado por la dorada luz del sol tras el insinuante vaivén de sus movimientos al alejarse.
El papel en sus manos olía dulce, sensual y misterioso como ella. Lo asió con fuerza como si temiera perder lo único real que le quedaba de aquel mágico momento. Lo abrió y lo leyó. Las palabras envueltas en perfume hablaban de esperanza, de amor, de comunicación, de sentimientos que no pueden ser descritos con palabras…, hablaban de música, hablaban con el corazón.
Con el paso del tiempo la memoria se fue haciendo difusa, borrosa. El papel con su perfume guardaba el recuerdo como la neblina de un sueño.
Llegó y pasó el verano. El calor cedió el paso al otoño. Las hojas cubriendo las aceras y el papel sobre la mesa de trabajo de él, desgastado por la lectura pero intacto aún en su fragante olor.
Halloween, noche mágica. Tras la pared acristalada de su despacho él contempla el reflejo de la luna llena en las aguas del río. El papel en la mano, la mirada perdida, el aroma perenne en el recuerdo…
Se viste con desgana, como si en algún recóndito lugar de su mente un inmenso vacío no pudiera llenarse. Sale a la calle, camina pensativo. La gente a su paso le saluda con los más extraños atuendos y el espíritu de fiesta.
Brujas, vampiros y hombres lobo… ángeles, princesas y demonios le llueven por el camino a su corazón triste y cansado.
Sigue andando sin sospechar el destino que le aguarda. El frío en el rostro, el corazón al cálido resguardo de un recuerdo ya lejano.
Sube las escaleras. Entra en el salón. Monstruos con serpentinas y confeti le reciben con risas y muecas. Saluda, sonríe y habla, con una parte de su mente perdida en brumosos pensamientos…
El recuerdo dulce en su memoria le lleva escaleras arriba. No, no es el recuerdo. Abre los ojos llenando sus pulmones de nueva vida en una profunda inspiración.
¡Está aquí! Su paso se aligera al ritmo de su corazón. Entre la purpurina y las guirnaldas percibe de nuevo el halo dorado del misterio. Lo sigue…
Dobla una esquina y luego otra. Mira con ansiedad. Aún no la ve.
Su respiración se hace intensa, como el olor y el sentimiento.
Y en ese instante lo sabe. Fija por un segundo la mirada enfrente, como temiendo una desilusión. Luego se gira lentamente, sonriendo. Entre velos y alas blancas, vaporosa, casi etérea, una visión.
Ella le mira, ladea la cabeza y le sonríe.
- Conoces mi secreto…
Se inclina para susurrarle al oído.
- No se lo digas a nadie.
- Las palabras no bastan, no hay palabras.
Ella asiente recostando la cabeza en su hombro.
- Pero tú trabajas con palabras…
- Porque no puedo trabajar sólo con almas…
La sangre palpitante de su cuello intensifica el hechizo embriagador de su perfume.
La toma entre sus brazos, se miran a los ojos.
- Dime, ¿tienen sexo los ángeles?
Ella sonríe bajando la mirada por un instante. Luego brillantes, luminosos, los ojos en los ojos…
- Dímelo tú.
Abrazados, fundidas las miradas, la promesa en el aire, dos almas, un mismo sentimiento, una pasión.

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