3/3/08

POLITICAMENTE CORRECTO

No se si seré yo la única, señores candidatos (apostaría doble contra sencillo a que no), pero empiezo a estar más harta de sus campañas crispadas que la pobre Sra. Murphy de recoger las tostadas de su marido.

Este maremagnum político que vivimos durante la campaña electoral, cada vez se asemeja más a un lodazal, donde los candidatos de turno parecen creer que sus posibilidades de triunfo están en relación directamente proporcional a la cantidad de fango arrojada a la cara de sus adversarios.

Todo ello mientras nuestro viejo y parece que ya maltrecho planeta, se descongela por sus casquetes polares, se evapora en interminables sequías, y se sacude en dolorosos quejidos de socorro en forma de seísmos y otros fenómenos atmosféricos, que a algunos políticos les parecen solo un susurro en la distancia.

Y cuando se pretende a tenor de la conciencia encontrar una opción válida de voto, la cosa parece realmente difícil. Y eso es porque ya no hay carisma. El matrimonio político-ciudadano se disuelve cada día un poco más, en la falta de respeto e interés mutuo, provocando el divorcio irremediable de la abstención en las urnas.

Porque el respeto, señores, es fundamental. Es el respeto por el enemigo, aunque no se compartan ideales, creencias, objetivos o puntos de vista, lo que ayudó a solventar algunas crisis aparentemente irresolubles. Ese respeto que por poner un ejemplo ficticio para no herir susceptibilidades, llevó al Kevin Costner de “Bailando con lobos” a unirse a su enemigo, o lo que es lo mismo, la falta de respeto que le llevó a abandonar a los suyos.

Lo que pasa creo, en este mundo superficial y materialista en el que vivimos, es que hemos confundido admiración con respeto. La admiración es rápida, brillante pero inconsistente. Es lo que nos llena la vida de dioses de papel couché, a la búsqueda de sus quince minutos de gloria, la mayoría de las veces por desgracia, sin un trabajo previo que los respalde. Y claro está, tal como suben bajan.

El respeto en cambio, es lento pero seguro, y no se rinde fácilmente al desaliento de los pequeños y comprensibles errores del día a día. No se puede respetar lo que no se conoce. El respeto es algo que se gana a pulso, con esfuerzo. Y claro está, si algún ingenuo candidato, intentara ganarse el respeto de los votantes, sería probablemente dilapidado por sus propios asesores. Porque en ésta sociedad dominada ya por la alta velocidad, lo que importa es llegar lo más pronto posible, y quizás importa menos a donde o a que precio.

El respeto es un camino en dos direcciones, y su falta de respeto por sus electores les hace olvidar una cosa importante. La gente que no se vende por una carrera política brillante, o por un cuarto de hora de gloria en el papel couché, y que paga religiosamente sus impuestos, no es tonta, y es la que en definitiva engrosa con su trabajo anónimo y diario las arcas de las que ustedes cobran.

Creo que han olvidado señores políticos y altos cargos, que son ustedes lo que están aquí para servirnos a nosotros, los pobres electores y contribuyentes, y no al revés. Y eso es así durante los cuatro años de su mandato, y ni un solo día menos, y desde luego no solo durante la campaña electoral o cuando la publicidad resultante les parezca oportuna.

Y esa voluntad de servicio es algo que yo no veo. Tal vez si conseguimos que haga acto de presencia, podamos sentarnos a hablar sobre las necesidades de cada uno, sin que las fronteras o los idiomas sean barreras.

Yo, que soy catalana, conozco muchos extranjeros que hablan catalán con una naturalidad, que sorprendería a muchos castellanoparlantes. Claro está que cuando se critican las lenguas, se suele hacer desde la falta de respeto, o lo que es lo mismo, desde el desconocimiento de la realidad de las mismas. ¿Conocen ustedes a alguien que critique la lengua que habla?

Y por cierto, puestos a mostrarnos involucionistas, la última vez que alguien me dijo: “háblame en cristiano”, a mi mente febril de guionista, no se le ocurrió mejor respuesta que: “¿como, de espaldas y en latín?”

Dice el Génesis, que cuando Dios vio que eran todos un solo pueblo con un solo lenguaje, y que nada de lo que se propusieran les seria imposible, creó diferentes lenguas para confundirlos. Y bien mirado, lo primero que se le ocurre a uno es: “pues que putada”. Después de darle muchas vueltas al asunto, se me ocurre que quizá lo que pretendía el buen hombre era fomentar la voluntad de que nos acercáramos al otro con la mente abierta para entender la diferencia.

Porque a fin de cuentas cada uno habla su propio lenguaje, y hay que cambiar de registro para mantener una conversación coherente, aunque sea en el mismo idioma, con un médico, un informático, un adolescente, o incluso entre un hombre y una mujer, por poner un ejemplo, aunque haya algunos que prefieran despacharse a cuchilladas, antes que hacer el esfuerzo de ponerse en la misma longitud de onda de su interlocutor... pero ese es un tema mucho más espinoso y complejo.

No estaría de más señores candidatos que fomentaran un poco más la corrección política, el diálogo y el entendimiento. Alguien dijo cuatro años atrás, que la crispación no era buena, y hoy parece haberlo olvidado. Hecho curioso, teniendo en cuenta que la mayoría de los electores, bastante hartos ya en aquella ocasión, le dieron, en aquel entonces la razón.

Se me ocurre que quizá podríamos ponernos de acuerdo y acudir a las urnas con algún elemento que expresase nuestro desacuerdo con su incorrección política sin invalidar el voto: un pañuelo blanco, por ejemplo. Y no sé porqué me da, que si alguien se molestara en hacer un recuento de pañuelos, éstos ganarían las elecciones por mayoría absoluta.

Yo he querido creer siempre que la palabra es más fuerte que la espada. Pero mira tú por donde ahora que las palabras se convierten en insultos, parece que paralelamente, las pistolas andan a voz en grito, tomando las calles y en algunos lugares hasta las aulas. ¿No va siendo hora ya de que le devolvamos el poder a la palabra? ¿O quizás prefieren ustedes que hablen los pañuelos?

No hay comentarios: