Podemos. He sido testigo, al menos dos veces éste año, en dos idiomas distintos, del poder de ésta afirmación. Cuando las voces, que empezaron tímidas, como susurros, se atreven a alzarse en un clamoroso estruendo capaz de alcanzar lo inalcanzable.
Cuando me refiero a voces profundas, poderosas, hipnotizadoras, no estoy diciendo que sean buenas o malas (la historia está llena ejemplos de ambas), solo apunto lo que veo. Esa habilidad de allanar el intrincado camino de la comunicación, que, sin poder evitarlo, envidio. No me preguntéis como lo veo, esa debe ser mi propia (a veces dolorosa y no tan útil como yo desearía) destreza.
Quizá es deformación profesional, que le llaman, pero la conclusión es bastante descorazonadora… las palabras que importan no significan lo mismo para dos personas distintas, ni siquiera si hablan el mismo idioma! Hay un enorme y complicado entramado, tejido con las experiencias personales de cada uno, con el trasfondo familiar, social y cultural que confiere a cada palabra un diferente sentido, incluso entre hermanos.
Por una afortunada convención social, estamos de acuerdo en cuanto a las luces rojas o verdes de los semáforos (nótese que tampoco lo estamos en cual es el lado más adecuado para conducir), o sobre la sal y el azúcar. Pero que hay del amor, el respeto, la culpa… todas esas grandes palabras?
Las palabras son el material usado para programar nuestras mentes en blanco en nuestra más tierna infancia. Y ese software, a menudo bienintencionado, aunque no siempre correcto, no es tan sencillo de cambiar. Tengo la teoría de que necesitamos una figura de autoridad externa (como lo fueron los padres para el niño), que nos diga en voz alta lo que nosotros ya sabíamos, para que de éste modo, en nuestros niveles más profundos de conciencia, podamos realmente aceptarlo.
Voces que despiertan emociones, y agitan sentimientos, usad vuestro don para recordarnos el sorprendente poder de algunas de las más olvidadas, malgastadas por el uso, depreciadas, pero increíblemente valiosas palabras. Si el vocablo en si ya es poderoso, que no será si lo entonamos a coro. La sencilla palabra: ESPERANZA. Yo la hice mía hace ya mucho tiempo. De hecho, Esperanza es mi segundo nombre, y soy hija de la Esperanza, aunque me fuera arrebatada cuando apenas había cumplido once años.
Esperanza debe ser la materia de que está hecho el aire que respiramos, la sustancia que compone las moléculas de nuestro 75% de agua, o el ingrediente principal del pegamento universal que mantiene el mundo unido. Porque, francamente, no creo que haya vida posible sin esperanza.
Cuando me refiero a voces profundas, poderosas, hipnotizadoras, no estoy diciendo que sean buenas o malas (la historia está llena ejemplos de ambas), solo apunto lo que veo. Esa habilidad de allanar el intrincado camino de la comunicación, que, sin poder evitarlo, envidio. No me preguntéis como lo veo, esa debe ser mi propia (a veces dolorosa y no tan útil como yo desearía) destreza.
Quizá es deformación profesional, que le llaman, pero la conclusión es bastante descorazonadora… las palabras que importan no significan lo mismo para dos personas distintas, ni siquiera si hablan el mismo idioma! Hay un enorme y complicado entramado, tejido con las experiencias personales de cada uno, con el trasfondo familiar, social y cultural que confiere a cada palabra un diferente sentido, incluso entre hermanos.
Por una afortunada convención social, estamos de acuerdo en cuanto a las luces rojas o verdes de los semáforos (nótese que tampoco lo estamos en cual es el lado más adecuado para conducir), o sobre la sal y el azúcar. Pero que hay del amor, el respeto, la culpa… todas esas grandes palabras?
Las palabras son el material usado para programar nuestras mentes en blanco en nuestra más tierna infancia. Y ese software, a menudo bienintencionado, aunque no siempre correcto, no es tan sencillo de cambiar. Tengo la teoría de que necesitamos una figura de autoridad externa (como lo fueron los padres para el niño), que nos diga en voz alta lo que nosotros ya sabíamos, para que de éste modo, en nuestros niveles más profundos de conciencia, podamos realmente aceptarlo.
Voces que despiertan emociones, y agitan sentimientos, usad vuestro don para recordarnos el sorprendente poder de algunas de las más olvidadas, malgastadas por el uso, depreciadas, pero increíblemente valiosas palabras. Si el vocablo en si ya es poderoso, que no será si lo entonamos a coro. La sencilla palabra: ESPERANZA. Yo la hice mía hace ya mucho tiempo. De hecho, Esperanza es mi segundo nombre, y soy hija de la Esperanza, aunque me fuera arrebatada cuando apenas había cumplido once años.
Esperanza debe ser la materia de que está hecho el aire que respiramos, la sustancia que compone las moléculas de nuestro 75% de agua, o el ingrediente principal del pegamento universal que mantiene el mundo unido. Porque, francamente, no creo que haya vida posible sin esperanza.
Esperanza, una jóven princesa, intenta encontrar aliados para luchar contra las fuerzas del mal que invaden su reino, a la caza de un desconocido tesoro. Mientras al otro lado del planeta, el caballero Dwight intenta sobrellevar el vacio de su tecnológicamente perfecta existencia. Escuchará Dwight su voz interior o abandonará a la princesa a su suerte? Descubrirán el tesoro escondido? Una apuesta por la comunicación y la esperanza, que nos llevará a donde reside el verdadero tesoro y el auténtico poder



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