Los hay que nacen ya viejos, con aquella negatividad y apatía…. Son aquellos críos raros, que mientras los demás se pelan las rodillas hurgando con su curiosidad en los rincones, permanecen extrañamente quietos e imperturbables ante cualquier aliciente, y que a preguntas como fulanito porqué no vas a jugar con menganito, te miran con cierto desdén, y te contestan algo que generalmente te deja helado, porque eso si, son muy sabidos, como si ya estuvieran de vuelta de todo.
En cambio hay algunas personas ya entradas en años, cuyos ojos no han perdido el brillo de la juventud, sobre todo cuando los ilumina la pasión (por cualquier cosa que les guste), que ellos se han negado obstinadamente a dejarse arrebatar Algunos hasta son capaces de enamorarse como críos otra vez.
Si es cierto que cada edad tiene lo suyo, cosas buenas, y cosas no tan buenas, que mira tú, gusta dejar atrás. La infancia, la edad de la inocencia, de la ilusión, pero también de la credulidad, de la indefensión. La juventud, la edad de la pasión y la energía, la edad de aprender a batacazos cayéndose de la bicicleta de la protección paterna, la edad de construirse sobre los errores cometidos, muchas veces por desconocimiento del terreno y de nosotros mismos, o la medida de nuestras propias fuerzas. La madurez, habrá quien piense que es la edad del inicio del declive, los achaques, y la negatividad del ya no puedo donde antes podía. Yo prefiero pensar que las limitaciones nos las imponemos con nuestro modo de pensar, y que siempre hay algo que compense, y que esa es la edad de la sabiduría, de la experiencia asimilada, del equilibrio y la serenidad.
Creo que las edades son como habitaciones por las que pasamos en nuestro camino por la vida. Todas están llenas de cosas positivas, y de otras que no lo son tanto. Y pienso que deberíamos pasar por ellas, y llevarnos solo lo bueno que nos aportan, y alegrarnos de dejar atrás los inconvenientes que conllevan.
“Ya cambiaras cuando seas mayor” – era algo que me solía decir mi padre. La cuestión es que ya soy mayor, y las cosas que me gustaban entonces, me siguen gustando ahora. A veces, la falta de estímulo, nos hace pensar que hemos perdido la ilusión, pero eso es porque esta sociedad de oropel que hemos creado (sobre todo en los últimos años), no se sustenta muy bien, y aunque aparentemente nos ofrece todo lo que queremos, parece que no es capaz de proporcionarnos lo que necesitamos. Me he dado cuenta, que para recuperar la energía me basta escuchar una canción que me apasionó una vez… y oh, milagro, todavía lo hace.
La ilusión de los niños que fuimos se esconde en algún archivo remoto en nuestro cerebro, solo hay que encontrar el resorte (viejo o nuevo) que lo abra, y de paso alegrarnos de no necesitar de los demás como cuando éramos niños indefensos, y disfrutar de nuestra autonomía.
Es una cuestión de flexibilidad, de adaptarse a lo nuevo sin olvidar lo bueno que hemos aprendido. Una cuestión de equilibrio, Si los científicos tienen razón y no es ningún disparate la posibilidad (parece que no tan remota) de llegar a edades muy avanzadas (los hay que hablan de 1000 años), entonces la edad se reduce a una cierta y sana disciplina para mantener cuerpo y mente, y a un estado mental.
Todos los que como yo cumplís años éste mes de enero, no os dejéis enredar por lo que os digan. Si el espejo os mira mal por la mañana, es más por los exámenes, la crisis o la cuesta de enero, que por los años que habéis cumplido.
Y si alguien os dice que ya no tenéis edad para hacer cualquier cosa que os apetezca, contestadle que justamente porque habéis madurado hasta aquí, tenéis edad para decidir por vuestra cuenta y riesgo lo que podéis o no queréis hacer.
A fin de cuentas, el mundo no se habría movido si no fuera por algunos osados que se atrevieron a hacer lo que otros les decían que era imposible. Y a eso le llamo yo juventud de espíritu. Cualquiera que fuera su edad biológica, a nadie le importa; lo que importa es que con su actitud hicieron avanzar el mundo.